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2012 La Sangre llegó hasta el río

octubre 18, 2012

Presentación

Durante más de 50 años de trabajos narrativos de toda índole, Luis Sandoval Godoy ha trazado un mapa muy personal de ciertas regiones de Jalisco y del sur de Zacatecas. Estas delimitaciones –emocionales, más que geográficas– nos revelan su propia trayectoria vital, la de los pueblos y las gentes que con morosa y amorosa paciencia don Luis ha recorrido para convertirlos en su “Suave Patria” personal, o su “Suave Matria”, como lo hubiera dicho Luis González y González.

Orillados a clasificar a un autor que continúa la cada vez más escasa escuela literaria costumbrista, un título para él podría ser el de cronista regional. Su pluma ha recreado pueblos y paisajes, templos y cascos de haciendas, pero, por encima de todo gentes, sus testimonios y sus historias, su lenguaje de inigualable vigor y expresividad, sus dichas y sus tristezas, en fin, los modos diversos como estos hombres y mujeres a quienes don Luis ha dedicado tan entrañable atención, condensan los sucesos y la forma de ser característica de su región.

Una entre las muchas y variadas vetas en la vasta obra de Sandoval Godoy es su oficio de historiógrafo de la Cristiada, esa épica trágica de trasfondo religioso que marcó de modo indeleble, entre otras regiones de México, a Jalisco y a Zacatecas, los territorios “sandovalianos” por excelencia. La reiterada presencia del tema cristero es evidente en los relatos y testimonios recogidos por el escritor entre los sobrevivientes de aquella guerra; pero también, en no pocas ocasiones, esa huella en apariencia invulnerable al paso del tiempo emerge una y otra vez, indómita, en otros textos: en la descripción emocionada de un pueblo o de una ranchería, o en las entrevistas con los pobladores de esa geografía que don Luis ha recorrido con devota e inagotable pasión. Una charla que se inicia a partir de un tema cualquiera desemboca, impensada pero inexorablemente, en algún suceso relacionado con la guerra cristera, “ese gran drama –escribe Jean Meyer–, […] un trozo de historia del pueblo mexicano, del pueblo y no de los partidos, no de las autoridades”, silenciado durante varias décadas. De ese tamaño es la arrolladora vitalidad y fuerza intrínsecas de la guerra Cristera, imbricada de manera indisoluble en la verdadera historia de estas regiones.

Nada más natural, entonces, que la tarea de asumir al movimiento cristero como una de las labores indispensables al hacer la crónica de estas tierras, aunque bien podría tratarse de un fenómeno contrario: la Cristiada le sale a uno al paso, recurrente y apasionadamente, en los momentos y lugares menos pensados.

Si bien está por hacerse una recopilación de los textos de don Luis inspirados en temas cristeros, un inventario no exhaustivo de los mismos incluye los artículos que durante varias décadas aparecieron, con paciente constancia, en el suplemento dominical de El Informador, algunos capítulos del libro Testimonios (1985), varias páginas de la autobiografía Agustín Valdés de cuerpo entero (1993) y de esa microhistoria dedicada a su tierra natal, El Teúl, Zacatecas, intitulada Un rincón de la Suave Patria (1995). Desde luego han de incluirse los esbozos biográficos de los sacerdotes mártires: Magallanes y Caloca (1992) y José Isabel Flores. Flos Florum (1993), así como un intercambio epistolar, reunido por Sandoval Godoy, que resultaría decisivo para una obra excepcional: El padre Nicolás Valdés en La Cristiada de Jean Meyer (2002).

De modo muy especial, habría que añadir esas felices combinaciones de literatura e historia oral que durante más de veinte años se publicaron en el periódico Mi Pueblo –modelo quizá irrepetible de periodismo regional, voz representativa del norte de Jalisco y sur de Zacatecas–, luego recopilados en dos volúmenes indispensables: Pueblos del Viento Norte (1994) y 1926. Ecos de la Cristiada (2008). En ambos, nuestro autor comparte créditos con otros paisanos por igual apasionados de la tierra chica: Luis de la Torre, Manuel Caldera, Fernando Robles Romero y varios más. En estos ejercicios a cuatro manos, los profesionales pulieron la rusticidad, no exenta de encanto, de las versiones orales, procurando, en palabras de Sandoval Godoy, “respetar el tono, la palabra en su fuerza humana, […] rebuscar entre el follaje sin dañar las flores ni lastimar el fruto”. La multiplicidad de los informantes, muchas veces entrecruzados en los mismos hechos y personajes históricos desde perspectivas distintas y con frecuencia contrapuestas, dio a estas dos antologías una virtud de enorme valor historiográfico: el equilibrio, la generosa amplitud del espectro ideológico integrado con relatos-testimonios tan disímbolos como diversas, pues así fueron las experiencias de quienes las vivieron: procristeros, anticristeros, neutrales, en donde los excesos y la crueldad parecen repartirse parejamente a ambos lados de la contienda.

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En 1990, Sandoval Godoy da a la imprenta dos libros de temática cristera, muy diversos pero íntimamente relacionados: Inéditos de la Cristiada, reunión de seis voces de hombres y mujeres, testigos o actores de los hechos, cinco procedentes de pueblos de Jalisco, entre ellos Eugenio Hernández, de Teocaltiche, y uno de Jalpa, Zacatecas, Jovita Valdovinos, la célebre combatiente de la segunda guerra cristera. Y la novela La sangre llegó hasta el río, con la que por vez primera, luego de una veintena de publicaciones, se aventuraba en los territorios de la ficción narrativa, histórica en este caso, dándole como marco las dos Cristiadas, y como protagonistas a la propia Jovita y al referido Eugenio.

Con la licencia literaria y sin las pretensiones de escribir en sentido estricto una obra historiográfica del conflicto, la novela que hoy se publica por cuarta vez articula, por medio de las entrevistas mencionadas y el recurso a la ficción, relatos mediante los cuales don Luis dota al texto de la estructura indispensable para narrar a grandes trazos la guerra religiosa en sus dos etapas. Quizá sea el de Jovita el personaje construido con mayor vigor, pues aunque se trata de una figura rigurosamente histórica, y en verdad fascinante, el autor se toma la libertad de recrear, el intenso periodo en la vida de la guerrera que va del estallido armado en 1926, a la rendición que ella negocia con el gobierno de Lázaro Cárdenas, muchos años más tarde, todo ello sin excluir una relación amorosa que le dará a la existencia de esta mujer un giro insólito.*

Sandoval Godoy arma su relato alternando las dos voces de estos personajes, y son en verdad sus voces: los acentos regionales inconfundibles, la tosca y recia sintaxis, las inspiradas metáforas y analogías campiranas, y los deliciosos modismos, las protagonistas del relato, en los escenarios de esas comarcas que el autor conoce en profundidad. Es ese lenguaje el que nos transmite la zozobra de la guerra: “Uno no sabía –dice la voz de Eugenio– ni dónde ni a qué horas. Así eran los días de entonces y así vivíamos, dispuestos a esperar lo que no podía esperarse. Era aquello como quien lleva un cántaro a lomo de burro. Ai va zangoloteándose, tirándose por el gollete, pero siempre caminando, siempre a su rumbo. De este modo fue nuestro trabajo en la revolución. Nada de sencillo, al contrario, lleno de sacrificios, con el instante de nuestra muerte en la orilla de nuestra vida; sepultando compañeros todos los días, o atendiendo a los heridos, pero avanzando paso a paso”.

Y junto a estas expresiones campesinas que transfiguran las angustias, los reveses y la crudeza de las diarias vivencias, el hombre de campo metido en una guerra que no ha buscado pero que no ha podido evitar, se muestra sensible a la intromisión de lo sobrenatural en lo cotidiano: “Muy extraña la voz del viejito: como si el aire que movía el monte tomara la forma de sus palabras […] se perdía entre el monte la figura del viejito y noté y se me hizo muy raro que pisaba y no pisaba, o sea, que aunque estuviera suelta la tierra, no quedaba la forma de su pie pintada en la tierra”. Esa misma sensibilidad es la que resulta herida y derrotada al llegar el armisticio de junio de 1929, los tristemente célebres “arreglos” entre el gobierno y los obispos que representaban a la Santa Sede: “La noticia fue como un golpe seco a media vida. No la podíamos entender los que sin ambición cual ninguna, nos fuimos un día al cerro a pelear lo que creímos justo”. […] “Por eso la noticia fue como un golpe en la boca del estómago: hay que entregar las armas, hay que volver al pueblo, hay que ponerse en paz. […] Nos despedimos […] Se empezó a despatriar la gente”.

El capítulo final de esta novela, insólito por apartarse de la trama y adoptar una perspectiva sorprendente, sintetiza en unas cuantas páginas la historia de la primera y segunda Cristiadas, y es como una última vuelta de tuerca que don Luis, el historiógrafo, nos obsequia. Es precisamente en este capítulo en donde asume, sin equívocos, su visión de la guerra cristera y toma partido por estos hombres que en su inmensa mayoría se levantaron en armas cuando la persecución religiosa se hizo insoportable, cuando vieron, como Eugenio se lo hace saber al padre Santana, cómo los soldados llegaban al templo y “a punta de culatazos abrieron las puertas”, entrando en tropel y ”sin pensar ni medir lo que estaban haciendo, echaban sus monturas sobre la barandilla del comulgatorio […] Cuénteles de nuestro asombro, de la rabia que nos envenenó […] cuando vimos el uso que hacían aquellos hombres de nuestro santo templo”, y cómo dejaron “el piso estampado de orines y de estiércol de las bestias y oíamos las risotadas de los otros animales, los uniformados de verde olivo, diciendo chistes y burlándose de las cosas sagradas”.

Muy abundante es la literatura de tema cristero, y al igual que el conflicto, de muy diversos colores ideológicos. ¿En qué contexto literario, al lado de qué autores o como parte de cuál tendencia narrativa debemos situar a La sangre llegó hasta el río? El espacio no permite un análisis exhaustivo en relación a otros relatos de temática similar, que comenzaron a publicarse aun antes del fin de la lucha y cuyo primer gran “éxito de ventas” –éxito clandestino, por cierto– fue una novela idealizada hasta el exceso, escasamente veraz pero muy popular durante décadas en muchos círculos católicos, Héctor (1930), escrita por el sacerdote David G. Ramírez, bajo el seudónimo de Jorge Gram.

Empero, ateniéndonos a la poderosa fuerza expresiva de Sandoval Godoy y la cercanía geográfica de sus escenarios, el referente inmediato sería el escritor alteño José Guadalupe de Anda y dos de sus novelas: Los cristeros. La guerra santa en Los Altos (1937) y Los bragados (1942). La primera se re-edita con notable constancia y parece haber alcanzado cierto status de “clásico regional”, al menos en el estado de Jalisco, o quizá en el occidente del país. Pero aquí termina toda comparación. Para De Anda, los curas fueron los promotores de la guerra y los responsables de una masacre, mientras que los cristeros, no pasan de ser campesinos burdos y zafios, asesinos y saqueadores, fácil objeto de la manipulación clerical.

Para los estudiosos del tema (V.gr. Adolfo Castañón, Arbitrario de literatura mexicana, UV Print, México, 2003, p. 71), el verdadero gran libro de ficción histórica cristera es el mismo que Juan Rulfo catalogó como una de las grandes novelas de la literatura mexicana: Rescoldo. Los últimos cristeros, del duranguense Antonio Estrada, aparecido en 1961 y ubicado durante la “Segunda”. Pese a que aún no alcanza el nivel de difusión que merece, hay un cierto consenso en cuanto que se trata del relato de mayor calidad literaria sobre este tema. Junto con la importancia primordial concedida al lenguaje –rasgo que comparte con las novelas de De Anda y de Sandoval Godoy– la grandeza de Rescoldo radica en la conciencia de martirio de sus rebeldes: incomprendidos de todos, abandonados a su suerte por sus paisanos e incluso por la propia Iglesia, libran impasibles una lucha perdida en condiciones de miseria atroz y avanzan hacia la muerte, a sabiendas de la pureza e inutilidad de su sacrificio.

Puesta en comparación con estas dos novelas cristeras, quizá las más leídas en la actualidad, se encuentran más puntos de contacto entre La sangre llegó hasta el río y Rescoldo, y sobre todo una visión reivindicadora muy similar, por la dignidad y la voluntad de sacrificio que en ambas caracterizan a sus cristeros y cristeras (como Jovita, en el libro de Estrada las mujeres juegan un papel no menos heroico que sus hombres).

Si Antonio Estrada, hijo en la vida real del coronel cristero que protagoniza Rescoldo, vivió y sufrió en su infancia los hechos terribles que luego habría de novelar en una suerte de catarsis, Luis Sandoval Godoy ha convivido a tal punto con esos hombres que se ha compenetrado de esas vivencias e inevitablemente, para fortuna de sus lectores, su novela, ahora reconocida con una cuarta edición, destila ese irreprochable sabor a verdad profunda.

Ulises Iñiguez Mendoza


*  Inconforme con el tratamiento literario que le otorgó el escritor, Jovita habría de publicar posteriormente un libro de memorias (Jovita la cristera: una historia viviente, |1995) para ofrecer así su versión personal de los hechos. Por el contrario, quizá fascinado de manera permanente por esta mujer, Sandoval Godoy habría de incluirla en su breve segunda novela, El último cristero, publicada en 2011.

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